La imaginación como estímulo inicial es de hecho el punto de partida para muchas acciones humanas, desde la seducción amorosa hasta la conquista del espacio.
Por: Gustavo Colorado
Buen publicista como es, aparte de genial caricaturista, Matador citó una vez para promocionar su empresa una famosa frase atribuida a Albert Einstein: “La imaginación es más importante que el conocimiento”. Años más tarde el escritor, periodista y profesor universitario Edison Marulanda la retomó para aludir a una de las facetas mágicas de la radio: su capacidad para convertir el relato en un desafío a la imaginación del oyente. A diferencia de la televisión, que nos convierte de facto en espectadores sumisos, la radio obliga a la participación de quien escucha.
Hasta allí las cosas funcionan: la imaginación como estímulo inicial es de hecho el punto de partida para muchas acciones humanas, desde la seducción amorosa hasta la conquista del espacio. Sin su ayuda serían imposibles las grandes empresas económicas, la creación artística, las escuelas filosóficas o el desarrollo científico. Pero por sí sola, sin la participación del resto de las facultades humanas, se convierte en mero fantasear; no reemplaza al conocimiento.
Como todas las frases célebres, la del forjador de la Teoría de la Relatividad vive en permanente riesgo de ser sacada del contexto en el que fue formulada. Algunos biógrafos de Einstein nos cuentan que su postulado nació de la observación de los pasajeros en las estaciones del tren y su relación con los ocupantes de los vagones en movimiento. En la mente de un hombre como Einstein, formada tanto en la física práctica como en la especulación teórica, la imagen obró a modo de un detonante. Pero la teoría no se formuló para explicar ese hecho. El físico pensaba más en la precariedad de los instrumentos diseñados por la evolución para observar el universo. En su recorrido mental precisó de un vasto conocimiento y manejo del legado forjado desde la antigüedad por físicos, astrónomos, filósofos y matemáticos para llegar a ella.
Poco dados a asumir los riesgos del conocimiento, entre ellos los de la equivocación permanente y las preguntas siempre renovadas, los humanos gustamos de coleccionar frases de hombres famosos para resolver con ellas nuestros pequeños o grandes dilemas cotidianos. Apócrifas o no, esas sentencias funcionan a modo de comodín capaz de aclarar todas las dudas sin importar las circunstancias. Por eso se venden los libros de frases célebres. En ese sentido se parecen mucho a esas plantas con improbables propiedades mágicas que se ponen de moda durante un tiempo y luego desaparecen del mercado dejando a su paso una estela de enfermos frustrados. Repasemos unas cuantas: la Uña de gato, el Noni, el Confrey o la más reciente. Moringa. Según sus pregoneros tomadas en infusión lo curaban todo: desde el cáncer extremo hasta la decepción amorosa. Pues bien, para millones de personas las frases famosas cumplen esa función: les sirven para responder a todas las preguntas difíciles sin correr el riesgo de resolverlas desde su propia experiencia del mundo.
Por eso mismo son tan apetecidas por los autores de manuales de auto superación. Desde los antiguos vedas hasta líderes políticos como Winston Churchill, pasando por Platón, Buda, Marx, Jesucristo o Groucho Marx, esas antologías les dan legitimidad a sus discursos plagados de lugares comunes. Al estar rodeadas del aura mágica otorgada por el prestigio de quienes las habrían pronunciado no dejan lugar a dudas. Y estas últimas son, bien lo sabemos, la clave de todo posible camino hacia el conocimiento.
Para muestra tomemos una de las más citadas: “Pienso, luego existo”. Así a secas, sin los argumentos que la soportan, la sentencia de Descartes es entendida por muchos como la prueba de que basta con poseer los mecanismos de la mente para alcanzar la plenitud del ser. La comprensión del mundo sería así poco menos que un acto reflejo. Pero si la asumimos como desafío, es decir, con el convencimiento de que necesitamos primero aprender a pensar para conocernos y descubrir el universo nos encontramos de repente no ante un punto de llegada sino de partida. En lugar de una puerta clausurada de por vida se despliegan ante nosotros muchas puertas que demandan ser abiertas. Y para eso, para abrirlas, por fortuna nadie ha descubierto hasta ahora una receta mágica.

