Regresé al baño y en efecto, descubrí el teclado, que se parecía al de una caja fuerte. La caja fuerte de los meados, pensé. La puerta, de metal, reforzaba esa idea de dispositivo de seguridad inverso, pues no era para evitar que se robaran la orina, sino para impedir que se depositara.
Por: Camilo Villegas
Salí de terapia psicológica a media tarde para diluir mis preocupaciones en un whisky. Sé que no debo tomar, pero a veces me gusta escapar de este mundo meditando o bebiendo. Cuando era estudiante, bebía mucho. Quizá demasiado. Tanto que no podía ni escribir.
Bien, llegué a la T, la zona T es un área delimitada por dos calles peatonales que forman una T, de ahí su nombre. … También es la zona de tolerancia más famosa y más grande de Bogotá, con gran variedad de discotecas, antros y drogas.
Ya en el bar, quise ir al baño, pero estaba cerrado. Un empleado me informó que al lado de la puerta había un teclado numérico en el que debía marcar el 2610 para que se abriera. Me hizo gracia porque yo nací un 26 de octubre. Bueno, más que hacerme gracia, me inquietó un poco. No me gustó la asociación, pero tampoco quise darle demasiada importancia. Si te empeñas en encontrar significados en todo lo que ocurre, acabas paranoico.
Regresé al baño y en efecto, descubrí el teclado, que se parecía al de una caja fuerte. La caja fuerte de los meados, pensé. La puerta, de metal, reforzaba esa idea de dispositivo de seguridad inverso, pues no era para evitar que se robaran la orina, sino para impedir que se depositara.
Imaginé que en ese instante se acababa el mundo y que dentro de 2.000 años unos espeleólogos forzaban la puerta y en vez de descubrir el cuerpo momificado de un faraón, se encontraban con un orinal sucio del siglo XXI. ¿Por qué esas medidas de seguridad en un país como este?
Bueno, el caso es que me dan miedo las puertas que se abren y cierran con mecanismos electrónicos. La idea de quedarme encerrado me horroriza, así que no entré, pero le proporcioné la clave a un indigente que había en la calle. La 2610, le dije mientras me dirigía al bar de al lado sin haberme tomado el whisky, pues entre unas cosas y otras el hielo se había derretido y sabía mal.
Los baños del nuevo establecimiento no tenían contraseña secreta y estaban más o menos limpios, de modo que accedí a ellos sin problema, oriné de manera preventiva (en realidad no tenía ganas, pero nunca se sabe) y pedí otro whisky que me supo a gloria.


