SIMON BLAIRNo trata este escrito de decir nada, porque son opiniones que no se pueden corroborar, y que aunque suene demasiado triste y patético, el conocimiento genera grandes problemas en su “deudor”. Y son tantas las contradicciones que uno siempre tiene presente que Erasmo estaba muchísimo más  cuerdo que sus contemporáneos para escribir el Elogio de la locura, porque ¿cómo un loco puede leer ese libro sin conocerse a sí mismo, encontrando allí la estupidez de la que es vástago? ¿Cómo el cuerdo consigue terminarlo para seguir buscando más pistas sobre la verdad del mundo?

 

Por: Simón Blair

El Siglo de las Luces nos dejó una gran carga: libertad de pensamiento. No sometimiento a las normas del clero o de la corona. Decidimos sobre nosotros mismos y las implicaciones que de esto resulte no deben ser otras que aquellas que nuestra responsabilidad y conciencia dicten. Alguna vez escuché a Onfray decir que permitirnos el argumento del libre albedrío resultaría en una interminable reconstrucción de la sociedad (como, por ejemplo, hablar de que nuestra responsabilidad y conciencia no es otra cosa que las sobras de un poscristianismo que no habla en nombre de la religión pero que conserva sus valores. ¿Qué hacer, entonces?).

Seguramente la libertad de pensamiento ha sido el primero de los más grandes avances para permitir el progreso humano, pero remite a otras implicaciones de segunda talla o demasiado agobiantes;  víctimas de la depresión interna que se pueden encontrar en las novelas. Ser libres en cualquiera de sus formas ya presupone una salida para percibir un mundo diferente o expresarlo sin atajos  (aunque desde tiempos remotos de reclusión y sometimiento se haya pensando de esta manera con el látigo al cuello).

Obviamente la libertad de pensamiento ha tenido más beneficios que perjuicios -única y exclusivamente individualistas- por la misma razón: presupone una angustia interna; la generalidad de la especie no se siente agobiada más que por lo que a cada uno de los que forman esa colectividad le abruman. La generalidad es el goce, la perfección, el progreso, el desarrollo y el futuro, mientras que la individualidad supone todo lo contrario con breves pausas de reconocimiento.

Por ejemplo, tengo que soportar escribir cuando alrededor hay ruido, cuando quizá no hay nada sobre qué escribir, cuando el medio no está dispuesto a colaborar: más fácil si Jesucristo, Zeus o Hánuman me dictan y yo escribo. Así no tengo necesidad de agobio, de pensar, de angustia, de crítica, de quien realmente puedo convertirme, pues entonces no sería otra cosa que el ambassadeur del  rey, su horrible y asqueroso súbdito: el que come en las noches de sus sobras. El pobre idiota que es feliz bañándose en barro creyendo que es agua bendita traída de un río que cruza valles, que come dientes de león y es testigo de las más alarmantes pasiones de los amantes de riberas. Aburridísimo.

Ser libres presupone peligro. Gunter Grass decía, lo recuerdo, que la falta de libertad lo hacía sentir protegido. Y razón sí tiene, aunque a los grandes defensores de la libertad -mártires y ciudadanos- esto les hacía saltar las canas. Pero Grass también se equivoca, él, que participó en las Juventudes Nazis, olvidó la naturaleza fantástica del ser humano ante el peligro y la aventura; creernos Quijotes cuando él solo era la representación misma de su libro, de la inconformidad y la rebeldía: ser otros, ser libres, decidir qué queremos ser.

No trata este escrito de decir nada, porque son opiniones que no se pueden corroborar, y que aunque suene demasiado triste y patético, el conocimiento genera grandes problemas en su “deudor”. Y son tantas las contradicciones que uno siempre tiene presente que Erasmo estaba muchísimo más  cuerdo que sus contemporáneos para escribir El elogio a la locura, porque ¿cómo un loco puede leer ese libro sin conocerse a sí mismo, encontrando allí la estupidez de la que es vástago? ¿Cómo el cuerdo consigue terminarlo para seguir buscando más pistas sobre la verdad del mundo?

Y ahora, en estos tiempos, escribir cualquier renglón es suficiente para categorizar al escritor; tantas las escuelas de pensamiento que uno, indudablemente, tendrá que hacer parte de alguna donde no se podrá buscar por sí mismo lo que realmente es. Y es difícil, muy complicado, encontrar siquiera una realidad en el enunciado, el método científico es inaplicable para las letras, encontrándonos con problemas absurdos de tradición cultural que solo las propias experiencias pueden determinar como buenos o malos, además de sus posibles cambios.

Pensar es muy difícil, pero creo que mucho más fácil que quedarse sentado a ver pasar la vida, tal y como lo propone La Locura. Es fácil para quien no tiene recuerdos, para quien no se ha pasado la adolescencia leyendo novelas. Así funciona: conjeturando; el trabajo es doble porque se quiere conocer hasta que llega la muerte y se termina diciendo poco menos que nada, que es lo que verdaderamente me agobia de los estudios humanísticos.

Y si se trata de escoger sin saber por qué, pues decido ser libre y hacer lo que a cada uno nos resulte incorrecto. O correcto porque viene siendo lo mismo (hasta que un juez te envíe a prisión). Pero es más fácil estar atado al condicionamiento externo porque así no tenemos que decir por qué estamos de acuerdo y me gustan más este tipo de personas, nos vemos enfrentados ante el por qué, palabra que ha permitido todos los progresos, pero tan difícil de contestar en una primera instancia. Nos gustaría entonces refugiarnos en la estupidez de no pedir nada, de no sentir curiosidad, de no pensar para no  hallar la angustia de no poder encontrar la respuesta o porque no encontramos la satisfacción en su -casi posible- solución.

Este  artículo es hijo de la desesperanza que conoce La Locura y El Conocimiento, pero que ha decidido ser huérfano de la primera. Hasta que se apague el mundo, y venga mi suerte.