Pero eso no se enseña, o sea, no como un adoctrinamiento. Eso se vive, se comparte, se siente. Y cómo más que en comunión, que en un ritual sagrado, simulando los pueblos reunidos en torno al fuego para liberar el sonido atrapado en las cosas.

 

Por: César Alberto Cano[1]

Como me interesa relatar, o visibilizar, procesos culturales en la ciudad de Armenia, que de una u otra manera nos hacen ver nuestra ciudad de manera diferente; ahora llena de colores y sonidos, una ciudad que ve la necesidad de expresarse en tiempos asolados por la politiquería y la corrupción, el atraso y el desempleo.

Por pura casualidad, porque estaba por ahí, por la Universidad del Quindío, y me invitaron, decidí asistir a un taller que iba a tener lugar en el Museo Quimbaya, este sábado 14 de Diciembre. Me dijeron que iban a enseñar a fabricar, y a tocar, Sikus, o zampoñas. Y como pocas veces he tenido contacto con estos instrumentos de origen andino, quise asistir.

Llegué temprano, aun cuando no suelo ser muy puntual, dispuesto a ver qué pasaba. Todos los que habían aceptado la convocatoria eran jóvenes. Entramos a un salón, allá, del Museo, y nos sentamos formando un círculo; evocación de ritual. Cada uno se presentó, y, ¡vaya sorpresa la mía!, allí estaba sentada Martha Elena Hoyos.

Cantautora, poeta e investigadora cultural, crea, en el 2011, la fundación América en mi piel, promueve el proyecto “Nau Iuma, ‘vientos del arcoíris’. Música y cosmogonía de América ancestral”.

Con el apoyo del grupo Los Sikuris, de Bogotá, emprende un proyecto, una búsqueda de identidad en el Quindío, además ofreciendo la posibilidad de potenciar nuestras expresiones creativas mediante el encuentro con nuestras raíces y la música. El proyecto busca, entre otras cosas, formar tropas de sikus, y esto es lo más interesante, porque se trata de música comunitaria, es decir, música hecha por todos.

Aspecto del taller. Foto: Lucía Patiño.

Aspecto del taller. Foto: Lucía Patiño.

Comparto lo que aprendí: el siku es un instrumento formado por unos tubos de caña, con un orificio abierto y otro, abajo, cerrado. Es de dos hileras; una de siete tubos, que se llama Arka; la otra de 6 tubos, que se llama Ira.

Cada participante tomó un siku: algunos tenían Arka; a mí me tocó Ira. Ahora lo que había que hacer era dejar que los vientos conversaran. El bombo, el corazón, marcaba qué tan intensa era la charla; era el código de la comunicación de los sonidos. Las Arkas decían, las Iras respondían. Diálogo: camino del encuentro. Te escucho, me escuchas, respondo, respondes, sincronizamos los latidos; tu voz y mi voz, son un solo canto.

La música está en el aire. El viento ya soplaba alto y furioso por los andes. Ya acariciaba, suave y melodioso, el rostro de nuestros antepasados. Ya agitaba las ramas vestidas de flores y las hacía danzar. Ya hacía vibrar los bambúes. Ya había entonado la canción del universo. Ya los ojos del cielo se emocionaban ante tal espectáculo.

Pero eso no se enseña, o sea, no como un adoctrinamiento. Eso se vive, se comparte, se siente. Y cómo más que en comunión, que en un ritual sagrado, simulando los pueblos reunidos en torno al fuego para liberar el sonido atrapado en las cosas.

Aprendimos la mitad de la canción y sonó bien lo que aprendimos. Hasta yo, que soy un poco descoordinado, pude hacerlo bien. Eso sí, me mareé un poco soplando el siku. Es que no había desayunado sino un buñuelo.

Ahora, pensemos en que son estos los procesos a los que hay que apuntarle. Yo siempre he visto uno de las partes que adornan mi ciudad: delincuencia, violencia, indigencia, drogadicción, pobreza, corrupción, etc. No es corta y digerible esta bochornosa lista, ni tampoco son problemas que no deban atenderse. Pero hay también más panoramas, personas que quieren una ciudad que se conozca, que explore su infinidad de posibilidades expresivas. Y todas estas expresiones se materializarán en el arte, en últimas, que es el leguaje que más nos dice, que más nos sugiere, que nos pone en diálogo con nuestros conciudadanos, con esta época y con el pasado, con nuestras calles y nuestros muertos, con los paisajes y los sonidos, con todo lo que confluye y existe en nuestro entorno.

¡Dime qué me quieres cantar, Armenia, mis oídos y mi corazón están para escucharte!

[1] Estudiante de Licenciatura en español y literatura de la Universidad del Quindío