Los colombianos, tal como señalaba el poeta Jorge Gaitán Durán, somos una pasión inútil. Tenemos la costumbre de elevar a altas expectativas ante un acontecimiento y poner todas las fuerzas en ello, para después ante el fracaso, caer en un estado de depresión colectiva.

 

Por: Christian Camilo Galeano B.

Se acerca la segunda vuelta presidencial entre Petro y Duque, y no son pocos los que tienen la esperanza puesta en el cambio. Al igual que tantos, mi voto está con Petro y espero que pueda llegar a la casa de Nariño y gobernar este país de narcos, politiqueros, pseudo-intelectuales y masas llenas de fanatismo.

No es ningún misterio que las propuestas de Petro son la apuesta por modernizar un país feudal, que ha basado su economía en la extracción de materias primas y el narcotráfico, mientras que la política ha sido el ejercicio de unos pocos para mantener sus privilegios.

Petro, gracias a su gran elocuencia, ha logrado reunir a las personas que tradicionalmente han sido excluidas, tales como: campesinos, obreros, estudiantes, población LGTBI y un grupo inconforme de ciudadanos que ha visto cómo la política de este país ha sido manejada por unas cuantas familias con poderes locales y nacionales.

Ese inconformismo permitió generar un gran caudal electoral en la primera vuelta presidencial, ya que entre Fajardo y Petro (candidatos alternativos) sumaron la no despreciable suma de 9’440.950 de votos.

Hay una parte del país que está cansada, aparentemente, de los mismos gobernantes. Esta votación y las constantes muestras de apoyo en redes y plazas públicas generan un ambiente esperanzador para muchos, pero no hay que ser ingenuos.

En el otro extremo se encuentra el candidato de Uribe, Duque, que ha aglutinado a todas las fuerzas políticas tradicionales. Como la mítica hidra de siete cabezas, parece tener el poder y la tradición de regenerarse permanentemente cambiando las cabezas que ya no le sirven: Zuluaga, Gaviria, Arias, Ordóñez, Morales…, un verdadero monstruo mitológico.

El motor de esta campaña es el miedo, infundir mentiras y despertar los más bajos temores en las personas. Esta táctica permite desviar la discusión política sobre aspectos fundamentales, como los derechos  que no han sido dados a la mayoría de colombianos; puras cortinas de humo.

Estos elementos hacen de estas elecciones un hecho histórico interesante, por cómo se han dado, los actores, las ideas y los temores de las personas. Pese a todo, en este momento se respira un aire de esperanza en muchos, pero tal como pensaba Nietzsche de la esperanza, ésta puede ser el peor de los males porque prolonga el tormento de los hombres.

Los colombianos, tal como señalaba el poeta Jorge Gaitán Durán, somos una pasión inútil. Tenemos la costumbre de elevar a altas expectativas ante un acontecimiento y poner todas las fuerzas en ello, para después, ante el fracaso, caer en un estado de depresión colectiva.

Hemos sido una sociedad inmadura en muchos aspectos, pero uno de tantos, podría ser que no aceptamos la idea de proceso histórico. Cada generación se siente llamada al cambio, portadoras de un legado, son la culminación de la historia y la generación que resolverá todos los problemas.

Las décadas de los 70 y 80 son un buen ejemplo, donde muchos jóvenes se lanzaron a diferentes grupos ilegales con la esperanza del cambio. Gran cantidad de estos jóvenes cayó en el desencanto y la apatía al ver que ningún proceso revolucionario pudo lograrse.

Otros perdieron toda esperanza al ver que los cambios que prometía la Constitución del 91 no fueron los esperados, exigían un cambio inmediato y olvidaron que todo es un tránsito. En el fondo se puede leer, entre líneas, que los colombianos deseamos las conquistas sin el esfuerzo, sin el dolor o, hablando en términos psicoanalíticos, rechazando todo duelo o pérdida.

Por eso el mayor peligro de la segunda vuelta presidencial no es la probable victoria de Duque y su séquito de burócratas, sino el desencanto y la despolitización de un amplio sector de la sociedad.

Lo que han traído estas elecciones presidenciales es que muchos ciudadanos han vuelto a tener la necesidad de hablar y opinar frente a los problemas nacionales.

Recuperar la palabra y ser realmente ciudadanos es el triunfo de estas elecciones presidenciales, las primeras después de la firma del acuerdo con las FARC, que pese a la incredulidad de muchos, ha traído beneficios.

La voz de los ciudadanos opinando, expresando sus ideas en plazas y cafés, tal como aquellos estudiantes de Belén de Umbría que no tuvieron temor de abrir dos pancartas de Petro mientras Uribe daba un discurso en el atrio de la iglesia.

Por ello, es importante aceptar las diferencias, dejar el temor y permitir que la democracia vuelva a las calles, este es el legado que  debemos mantener. Aceptando que los cambios no son inmediatos, que la historia es un movimiento permanente que puede tener avances o retrocesos, pero nunca se detiene.

Tener, como señala el escritor Germán Espinosa, una esperanza desesperanzada, para no caer en el tedio y la desilusión de las derrotas o en la inmovilidad y aceptación del presente.

Por ello, es necesario votar y resistir.

ccgaleano@utp.edu.co