
Por Hernando López Yepes
Por estas calles marchan esqueletos
que acompasan sus risas
con música de circo.
Los veo danzar ciegos, sobre talones rotos,
en la autopista de la sobrevivencia.
Piensan que les será posible
tomar entre sus brazos
al niño que contempla
una preciosa esfera de cristal
que rueda ante sus pies
calzados por el barro.
Niño que fue, hace tiempo, degollado
por el afán de “hacerlo hombre”.
Por estas calles marcha
“el amor colectivo”,
envuelto en la bandera
de una patria que pareció existir
en otros días
en un mapa y un himno.
Fuegos artificiales,
cabalgatas,
gritos, risas y llanto.
Embriaguez de todos.
Anhelo de alumbrar
con una vela
la oscuridad de ayer.
Odiosa cárcel de la escuela
donde se sacralizan las mentiras
que fabrica la historia.
Confesiones absurdas y tediosas misas.
Carne de hembra ajena al joven
cuyo deseo arde solitario.
Glorificada tradición que nombra
como propios
voces y pensamientos de otros suelos.
Anhelo de volver a un útero marchito.
¡Venid!, os dicen, ¡hoy estamos de fiesta!
Pero bien lo sabemos,
quienes comemos tierra hoy,
y ayer comimos tierra.
Y mañana y después otra vez tierra,
que el plato que nos sirvan en la fiesta estará vacío;
que el cielo tiene dueños
y capataces el infierno.
Dime,
¿al volver a lo oscuro, sin salir de la tiniebla,
será posible borrar este dolor?
¿Podrás, acaso,
limpiar las manchas
de lágrimas y sangre
de tus sucios andrajos?
¡Ruega por no encontrar
a quien dio tu simiente!
Porque si tropezaras
con tu abuelo “peón”, arrodillado,
vencido por el peso de la azada
y el yugo sobre el lomo,
le volverías la espalda…
avergonzado.
No hay por qué pretender que la escalera
haga un descenso absurdo que vaya más abajo
de su pie de apoyo, o te lleve más alto
del último escalón.
¡Vano es tu esfuerzo!
Los días felices
de las memorias de otros
no pueden ascender por la cintura
de tu reloj de arena,
aunque tú lo desees.
Hoy estás, sin estar, en un pasado
que jamás fue el tuyo.


